Hay días en los que una pequeña tontería te hace soltar el aire que llevabas aguantando. Reírte no arregla todo, pero a veces abre una ventana para que el día pese un poco menos.
La vida cotidiana está llena de escenas que parecen escritas por alguien con demasiado sentido del humor: salir de casa con dos zapatos distintos, buscar el móvil mientras lo tienes en la mano o ensayar durante media hora una respuesta que luego se te olvida decir. Cuando podemos reírnos de esas pequeñas rarezas, dejamos de pedirnos ser impecables todo el tiempo.
El humor no tiene que negar lo que sientes
Hay espacio para la tristeza y también para la risa. Una no cancela a la otra. No hace falta convertir cada momento difícil en una lección ni obligarte a encontrarle el lado bueno. A veces basta con compartir una anécdota absurda con alguien que te conoce y sentir que, por un instante, no estás cargando con todo a solas.
Reírte contigo misma puede ser una forma de ternura si no se transforma en una manera de atacarte. La diferencia está en el cariño: ¿puedes sonreír ante el tropiezo sin llamarte inútil? ¿Puedes aceptar que eres humana y que no todo tiene que salir perfecto?
Guarda sitio para lo ligero
Una conversación divertida, una frase que te hace gracia o una pausa para ver algo que disfrutas no son tiempo perdido. También forman parte de cuidarte. No necesitas ganarte el descanso resolviendo antes cada asunto pendiente.
Quizá hoy puedas buscar una cosa pequeña que te saque una sonrisa. No como obligación de estar bien, sino como recordatorio de que incluso en días complicados siguen existiendo momentos ligeros. Y si todavía no aparecen, también está bien: ya llegarán a su manera.
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